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Para ser sincera, me cuesta hablar de mi experiencia de este verano como miembro del Proyecto Ecuador 2003. Y no porque tenga poco que contar. Más bien por todo lo contrario. Y es que temo que mi testimonio pueda quedarse en un mero relatar anécdotas, visitas y actividades realizadas, cosa que está muy alejada de mi propósito al sentarme a escribir estas líneas. Para situarnos, decir que yo formé parte del grupo de seis personas que estuvimos en Puyo, realizando diversas actividades con los niños de la calle del Proyecto Encuentro y con los jóvenes del Vicariato Apostólico de Puyo.
 
 
Aunque mejor empezamos como se debe: por el principio. Algunos años antes de que se formara la ONG'd Carumanda, tuve noticia de la existencia del Proyecto Ecuador. No voy a negar que desde entonces nació en mí la inquietud por formar parte de él algún día. Y ese día llegó años después, en el verano de 2003. He oído a muchos enumerar cualidades o cosas necesarias para vivir una experiencia de este tipo; pero en mi modesta opinión lo que es más necesario son las ganas y la ilusión. El resto es cuestión de un poco de trabajo, que se hace encantado si las ganas y la ilusión están siempre presentes. Podría esperarse que después de tantos años oyendo hablar a mis compañeros de las experiencias vividas en Ecuador, una se crea que tiene una imagen preconcebida que no dista mucho de la realidad con la que se encontrará cuando aterrice. Pero no… o al menos no para mí.
 
El consejo que más he valorado de todos aquellos que me han podido dar es el ir con los sentidos al cien por cien, dispuesta a empaparme de todo y a vivirlo todo con la mayor intensidad. Y eso es lo que hice. La consecuencia más inmediata es que la primera semana se pasó volando, y tuve serios problemas para poder mantener la boca cerrada ante el asombro de la cantidad de cosas que cada día iban pasando.
 

De las ciudades a las comunidades indígenas, de la Panamericana al resto de las carreteras, de la selva verde e inmensa a la sierra multicolor o a los paisajes de nieves perpetuas alrededor del Chimborazo. Quizá la sensación más impactante es la de los enormes contrastes que vas viendo a cada paso que das. Si miras por una ventana hacia la derecha, puedes encontrarte una lujosa casa, como cualquiera de las que encontramos en España. Y si miras al otro lado de la calle, que seguramente esté sin asfaltar, te encuentras con una chabolita de cinco metros cuadrados, sin cristales en la ventanas y con techo de uralita en la que vive una familia formada por los padres, los abuelos, un montón de niños y algún que otro animal. Estoy hablando de la grandísima mayoría de las ciudades de Ecuador, no me refiero al centro de Quito o de Guayaquil, que son grandes ciudades con rascacielos, grandes centros comerciales y enormes avenidas.

Esta sensación de contrastes no sólo la da la imagen de la ciudad en sí; sino también la gente con la que uno convive. Nunca olvidaré a uno de los chavales, a las manos de quien había llegado (no se sabe muy bien como) un walkman que llevaba siempre puesto auque en realidad no tenía ni cinta que escuchar, ni pilas para funcionar.

 
Y si hablamos ya más concretamente de las experiencias vividas con los chavales de las diferentes actividades, como no mencionar sus sonrisas. Sonrisas que se dibujan en su cara ante una palabra amable, un gesto de cariño, el regalo de un globo. Sonrisas que se dibujan a cada momento a pesar de las vidas de cada uno de ellos. Vidas que no son las que cada uno querría para sus hijos. Vidas llenas de maltratos y abandonos. Vidas faltas de cariño y atención, faltas de amor y de familia. Vidas difíciles de imaginar. Vidas difíciles de creer al tener la ocasión de escuchar a alguno de ellos hablar de su día a día, de su vida cuando el campamento termine y vuelvan a la normalidad.
 
Y a pesar de esa vida tan dura, la sonrisa. Y también las ganas de salir adelante, de aprender, de hacer de su vida algo mejor en el futuro. Eso es lo que para ellos es el Proyecto Encuentro: su posibilidad de un futuro. Y eso es con lo que colaboramos nosotros en aquella parte de nuestro proyecto.
 
Si hablamos de los jóvenes del Vicariato, nos encontramos con una realidad diferente. Ellos han tenido algo más de "suerte" en la vida. Ellos pueden estudiar, algunos incluso en la universidad. Lo que no descarta que muchos hayan tenido que pasar también por convivir con padres borrachos que les pegaban. En ellos existe también una enorme ilusión por salir adelante, por mejorar, por dar a su vida y a la de sus futuros hijos algo mejor de lo que han tenido para ellos.
 
En ocasiones puede resultar desconcertante y desalentador escuchar tantas historias de dolor y de injusticia, pero no es menos cierto que detrás de cada una de esas historias existe siempre el ánimo de superarse, de seguir adelante. Detrás de cada lágrima, de cada herida, existen las ganas de mejorar, de llegar a más. En definitiva ganas de un futuro mejor. Y no solo ganas, sino también un enorme esfuerzo para hacer todo esto realidad. Y esa es la labor de Carumanda, el ayudar en ese esfuerzo. Las ganas ya están ahí, solo hace falta un pequeño empujoncito para poner las cosas en marcha.
 
Iria (Delegación de Madrid)
 
© Carumanda - desde lejos, 2004